El Crossfit es para todos

Son las diez de la mañana. Una rueda gigante en la puerta me da los buenos días. Una vez dentro la luz cambia: se vuelve más tenue y mis ojos lo agradecen. Parece que el gimnasio se divide en dos partes. Además de una pequeña oficina, a la derecha, muy cerca de la entrada junto a la barra de recepción. No hay nadie allí. Con las piernas temblorosas –no he hecho esto en mi vida– busco quién me puede decir dónde es la clase de Crossfit. Aparece a mi lado un chico muy amable, que estaba hablando con dos jóvenes que entrenaban en la primera zona de ejercicio del local.

-Hola, soy Iván –con una sonrisa–.
-Hola. Desi –le devuelvo la sonrisa–. Nos damos dos besos.
-¿Para la clase de Crossfit?
-Al fondo. Y tienes a tu izquierda un pequeño armario donde puedes dejar tus cosas.
¡Qué cercano! Al parecer es uno de los entrenadores de Crossfit aquí. Es titulado en Técnico en Laboratorio de Diagnóstico Clínico y titulado en Terapia ocupacional. Un constante deportista: 8 años de atletismo y 4 de Crossfit. Además, cuenta con el curso de monitor de Crossfit exigido por la marca para la afiliación.

El suelo negro. En las paredes puedes leer las palabras: flexibilidad, potencia, coordinación, stamina (resistencia muscular), equilibrio, fuerza, resistencia, velocidad, precisión. Con una tipografía robusta y de diferentes colores aportan mensajes de coraje al deportista. Al reloj digital lo envuelven 14 camisetas: Brown Bears Crossfit Asturias, Zurriola, Huesca, Pamplona, Invictus… La comunidad del Crossfit. Y al fondo: zona de barras.

A falta de diez minutos para la clase, allí ya se encuentran una mujer cerca de los cincuenta, pero con un cuerpo de 25, y un chico que sí parece tenerlos y con un
moreno de playa. Resulta que son madre e hijo. La verdad, no esperaba que mi madre pudiera acompañarme a este tipo de entrenamiento. Dicen que es muy duro.

-Hola, ¿tu primer día? ¡Soy Cristina! – está muy contenta y emocionada. Es muy simpática–.
-Hola, ¡sí! Es la primera vez que voy a hacer Crossfit. Me llamo Desi –vuelve mi sonrisa nerviosa–.
Un entrenamiento adaptativo. Una mujer de 42 años, un joven de unos 25 y un hombre rondando los 40: todos compañeros de Crossfit
Al verles, termino de despertar. Esto va en serio y empieza ya. Detrás de mi pasa otro chico. Es nuevo y se llama Javi. Lleva la misma cara que la mía. Siguen llegando más madrugadores del Crossfit.

Como nueva, tengo que recordar más nombres que mis compañeros, y se me hace cuesta arriba. Todos recuerdan mi nombre una vez me he presentado.

La mayoría de los presentes me doblan la edad. Una mujer de 42 años con un cuerpo muy atlético, con más de dos años de experiencia en el Crossfit en la espalda. Javi de edad parecida. Otro hombre con una bamba ya grisácea. Han roto todos mis esquemas. El Crossfit es muy agradecido si trabajas a buen ritmo, indistintamente de tu constitución o edad, pero como trates de atraparlo: llegará la frustración.

Cristina y su cuerpo de veinticinco me dan ánimos: “Tranquila, seguro que te encanta. Aquí lo bueno es que cada uno coge el peso que puede”.
-Vamos a enseñarles a Desi y a Javi, como empezamos la clase de Crossfit… ¡A correr! –suelta Iván nada más acercarse a nosotros–.

Una vuelta al polígono Argualas. Empiezan a subir las pulsaciones. No hay miradas raras fuera del gimnasio. Los trabajadores de los locales vecinos, ya saben de qué va el tema… ¡A entrenar!
Con el corazón revolucionado, y todos en un círculo, se hace el calentamiento. Trabajamos las articulaciones y bajamos las pulsaciones de la carrera. No por mucho
tiempo. Cerramos con series de sentadillas, flexiones y abdominales que hacen trabajar al órgano más enamoradizo y tiene que ver con el entrenamiento posterior. En busca de bajar el ritmo del corazón, Iván explica cómo será la clase. Para ilustrar los ejercicios cuenta con la ayuda de los compañeros que conocen la teoría.

-Ya sabéis. Que no puedo con 60 kilos… pues 40… El peso es según vuestra máxima –recuerda Iván–.
Perpleja, no pude aguantar y dije: “¿¡40!? Yo me bajo del barco” –entre risas–.
Iván, riendo, contestó: “No, no, a ver… lo que se pueda”.

Un entrenamiento no federado con buena acogida: “Es un negocio abierto. Y ese es el problema: que mucha gente se aprovecha”

Total, que acabo con un kettlebell (pesa rusa) de 4 kilos para los deadlift snatch, es decir, las sentadillas con peso muerto y una barra de 8 kilos para los press militar. En otras palabras… ¡Arriba la barra desde la barbilla! Mientras mis compañeros utilizaban barras de 12 kilos y le añadían más peso con discos de 10 y 20. Están en otra liga. El tipo de entrenamiento fue el EMOM, Every Minute On the Minute. El cronómetro de la pared marca el minuto de ejercicio y el minuto de descanso. Ese reloj se vuelve tu mejor amigo o tu peor enemigo, según lo que te cueste.
Una subida de pulsaciones bajo control. A fin de cuentas: tú eliges el peso. Me siento bien. El tiempo de descaso del EMOM te permite mantenerte al ritmo del resto de compañeros y con ánimo de seguir en la clase. Además, Iván se muestra muy atento porque haga bien cada ejercicio y que en cada ocasión el peso sea el adecuado.

El momento álgido del entrenamiento viene ahora. Lo llaman WOD: ‘Workout Of the Day’. Una combinación de ejercicios propuestos para el día. La forma de entrenar utilizada fue el AMRAP, es decir, As Many Rounds As Possible. Para los menos familiarizados con el inglés: consiste en hacer tantas series como puedas en un tiempo determinado. Diez minutos intensos de 6 C2b, 9 burpee box jump over, 12 wall ball y 15 sit ups. ¿Qué de qué estoy hablando? De ejercicios.

C2b: cógete a la barra y arriba hasta que te toque la barra el pecho. Yo aquí hice trampas. Los principiantes trabajamos con las anillas. Los burpee box jump over: túmbate, que el pecho toque el suelo, arriba de un salto con los pies juntos y salta la caja que tienes frente a ti, pies juntos, recuerda. La tramposa principiante vuelve a las andadas: yo subía la caja como un step. Wall ball: fácil. Lanza una pelota a la pared. El peso depende de ti. Mi balón era de 3 kilos, mientras mis compañeros trabajaban con 7. Sit ups: abdominales con las piernas en forma de rombo.
Se puede respirar un ambiente, además de cargado, familiar. Todos se conocen, y si no entablan conversación como si te conocieran de toda la vida. Iván por su parte, trata de darnos ánimos y crear grupo.

Me quedé a cuadros al ver la tabla de la clase y sus explicaciones. Pero la estructura de la clase te asegura mantenerte en ella. Además, como dijo Iván: “Los descansos te los administras tú. Haz todo lo que puedas”. Con una profunda bocanada de aire, me tiraba a la piscina con los steps y a por el entrenamiento. Un ritmo muy dinámico y ninguna clase es igual. “Lo bueno es que no vienes con la clase aprendida. Llegas y te han preparado algo nuevo”, me dijo una compañera.

Aun así, las clases mantienen una especie de macroestructura: el calentamiento previo, una primera parte más específica: hacer bien los ejercicios, seguido del entrenamiento del día con un objetivo funcional: en busca de muchas virtudes como fuerza, velocidad, explosividad… “El Crossfit consiste en aprender a hacer las cosas bien y después en fatiga”. Para que llegado el viernes, hayas trabajado todo el cuerpo.

El talón de Aquiles del Crossfit es que no es un deporte federado. No hay una institución pública que lo modere. “Es un negocio abierto. Y ese es el problema: que mucha gente se aprovecha”, puntualiza Iván como punto a mejorar. El Crossfit se mantiene como una marca americana y no como un deporte. Si quieres el nombre de Crossfit en tu gimnasio, tienes que pagar. Como es el caso del Crossfit Rocalla.

Una vez terminado el entrenamiento: mi corazón pide un descanso, pero el resto de mi cuerpo y la cabeza me dicen que ha valido la pena. El Crossfit puede ayudarte a
entrenar tu cuerpo según el momento en el que te encuentres. El ejercicio será tan duro como lo permitas. Ahora: a la pared a reflexionar sobre lo trabajado y a estirar.

Por  Dèsirée Cremades Jiménez

También podéis seguirla en instagram @desiree4d o twitter @DsireCremades

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